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Diablos Danzantes de Canoabo: una tradición con más de 300 años

Diablos danzantes de Canoabo

Por: Sara Pacheco

Canoabo es un pueblo de muchas sorpresas. Tiene uno de los mejores cacaos de Venezuela, frutos interesantes, paisajes mágicos, vecinos amables y tradiciones llenas de misticismo, magia y fe. Junio es un mes importante para el pueblo, se lleva a cabo la celebración de los Diablos Danzantes de Corpus Christi, pero todo empieza en Semana Santa, a partir del jueves santo; un día importante para la religión católica pues embarca los tres días que relucen al sol.

La festividad en Canoabo fue reconocida en 2005 Patrimonio cultural de Carabobo y en 2006 de Bejuma y en 2012 Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la Unesco. En Venezuela, alrededor de 11 cofradías que reúnen a más de 5 mil personas, celebran la presencia de Cristo en el Santísimo Sacramento.

Gloria Martínez está inmersa en la tradición desde su nacimiento. Su padre fue el Diablo Mayor o Capataz. Su madre, estaba encargada de todos los trajes y pormenores del ritual, actualmente Gloria se encarga de la preparación y elección de los danzantes, además es la única mujer en la cofradía que ha representado al Capataz.

Diablos Danzantes de Canoabo. Gloría Martínez prepara los alfileres Fotografia: Saúl Zerpa

Este año han existido dificultades propias de la situación que rodea Venezuela, pero eso no detiene a nadie. Durante más de 300 años ininterrumpidos los diablos visitan los 4 altares, dispuestos en los cuatro puntos cardinales del pueblo, llenos de frutas, flores y agua que representan la prosperidad, bienestar y salud.

Todo empieza con una misa. Entran los feligreses y los diablos, los últimos revestidos con la máscara en brazos, cubierta con tela. Cuando el sacerdote levanta el Santísimo, el Diablo Mayor lanza un latigazo y los demás enloquecen. Salen del templo y se colocan sobre las gradas fuera de la iglesia, aquí empieza la primera batalla entre el bien y el mal, al no dejar salir a los visitantes de la misa.


Diablos Danzantes de Canoabo interrumpen la salida de la iglesia Fotografía: Saúl Zerpa

Todos van revestidos con sus trajes típicos, que confeccionan mujeres del pueblo. Lo componen la casaca –camisa exageradamente ancha pero ceñida en las muñecas-, el pantalón, que lleva un rabo y cintas a los lados, y una capa, del mismo color de las cintas.

Los elementos más destacados son 5 motas o piezas de estambre y el mismo número de Pichaguas, que son una especie de maraquitas, hechas con taparas, que deben conseguirse en menguante, rellenas con capachos. Se usan para espantar a los espíritus malignos.

Pichaguas: Fotograía Saúl Zerpa

La máscara actual del Diablo mayor fue diseñada y elaborada por Augusto Martínez (padre) a principios de los 60. Fue restaurada por uno de sus hijos y actualmente la usa su nieto. Es la reliquia más antigua de la cofradía, que solo sale de su lugar de resguardo, cuando danzan los diablos.


Diablos Danzantes de Canoabo Fotografía: Saúl Zerpa

El baile

Los diablos inician su danza siguiendo al guía, quien está vestido de negro mientras el capataz, de rojo y con la única máscara con cachos, alza su látigo, mientras que los más pequeños siguen a este último, se denominan “las mascotas”. Los danzantes hacen formas a través del paso cruzado. Primero hacen la cara del diablo en el suelo tres veces. Luego se hace un ocho que representa los ojos y se dividen dos columnas que hacen la boca y dientes.


Diablos Danzantes de Canoabo Fotografía: Saúl Zerpa

Este ritual tiene un tanto de cultura indígena y negra como de europea. Para Gloria es un placer. Verla dirigiendo a los niños, enseñando las oraciones y ayudando a los más pequeños, es un deleite para el pueblo que acompaña los ensayos en la plaza, solo como espectadores.

“Es un orgullo grande, es un reto dejarlo de herencia”. Su familia está a la cabeza de la festividad desde hace 60 años.

Luego se teje el maguey, una vara muy alta rodeada por cintas de colores. Los diablos tejen y destejen alrededor al ritmo del látigo del capataz. Luego usan crinejas o chorizas del diablo que representa los pecados cometidos en la cuaresma.Son tres cintas que llevan el tricolor patrio, pero no solo es la muestra del país, durante la misa, el coro entona el Himno Nacional.

Diablos Danzantes de Canoabo Fotografía: Saúl Zerpa

Los trajes

Cecilia Bastidas es docente y costurera por hobby. Tiene al menos 14 años haciendo trajes para los diablos, desde que su hija, Mariana, decidió unirse. Este año realizó seis en menos de 15 días. La tela, botones, gomas y relleno, fueron donados por una empresa, los hilos prestados.


Cecilia Bastidas confeccionó trajes para los Diablos Danzantes de Canoabo

La tradición, como en casi todos los casos de Canoabo, es algo familiar. Su hijo es quien toca las maracas en la banda que acompaña la festividad. “(la celebración) es algo muy grande. Es la muestra que prevalece el bien sobre el mal”, explica en su taller al aire libre mientras faltaban solo horas para la misa y aun el traje su de su hija no estaba listo.

En medio de una sonrisa, aseguró que trabajaría hasta que lo terminara. “Ojalá no se vaya la luz”.

¿Qué significan los Diablos Danzantes para el pueblo de Canoabo?

Canoabo no solo es el pueblo más antiguo del occidente de Carabobo, es una cuna de tradiciones e historia. Los Diablos Danzantes de Canoabo no están incluidos en la lista de la Unesco, por descuido de sus gobernantes, pero el pueblo se siente parte, según contó el cronista no oficial del pueblo, Francisco Moreno. Es una de las fiestas más grandes, en el gran calendario festivo de esta parroquia de Bejuma.

Diablos Danzantes de Canoabo Fotografía: Saúl Zerpa

Las sonrisas no faltan en sus habitantes, tampoco la integración a los foráneos. Cada uno, desde los pequeños de 5 años, hasta los ancianos de 85, están dispuestos a contar las historias de su tierra.

Con los diablos pasa un misticismo icónico. Canoabo es un pueblo católico, la vida pasa alrededor de la iglesia y la plaza, por eso esta festividad es vista con mucho respeto. Existe la creencia popular que cosas fuera del entendimiento colectivo suceden antes, durante y después de la danza.

En el frente de su casa, Gloria contaba como siempre hay un diablo de más. Se hacen listas, se pasan nombres, todos saben quienes participan, pero por alguna razón, mientras suena la música, los organizadores cuentan un diablo de más. Y ni hablar de los sacerdotes que no se unen a la celebración. Cuentan que uno no dejó entrar a los diablos a la iglesia en Corpus Christi, y se vio impedido en realizar la misa por un extraño malestar. Casualmente había otro de visita y llevó a cabo la misa.

“En Canoabo nadie se puede ir de una visita sin tomar café”, es el lema y se cumple. Las tradiciones no peligran a pesar de las dificultades. Cada familia está dispuesta a seguir por las generaciones que sea, una muestra que Venezuela tiene la cura para todo mal: esperanza.

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